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February 1, 2023

Ome

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Pablo Majareta

Odio a mi hermano. Siempre lo he hecho. En primera, porque es un asesino. En segunda, porque solo tiene el valor de venir en las noches, que es cuando todos duermen y no hay quién le mire más que yo. Nadie que presencie sus destrozos ni cómo me trata. Por eso, en cuanto noto que es la una de la mañana y empiezo a sentir frío, mejor me meto entre mis cobijas y desde ahí nomás le digo: ¿Qué? ¿Ya llegaste a molestar otra vez?

Cada que él viene, amanezco enfermo. Congestionado y con fiebre, congestionado y con vómito. A veces, de diarrea o infecciones urinarias. O solo una con temblorina de las buenas. De esas que te hacen chocar los dientes y sientes que el alma se te escapa por la espalda. Nadie me cree cuando les digo que él es el culpable. Me dicen que soy un somático. Que invento padecimientos para llamar la atención. Pero no es así, lo sé. Enfermo tanto que mi cuerpo bien podría ser un museo de todos los bichos que alguna vez pensamos domados: bacilos, estreptococos, y de virus y levaduras ni se diga. Según yo, soy alopécico, herpético, autoinmune y hasta impotente. Soy más bicho que carne. En fin, un estuche de monerías. Y mi hermano, por otra parte, está sano. Enterito. Ni una sola vez le oí estornudar o toser. Y sus uñas y pelo bien podrían estar hechos de acero. 

Me gusta ver el primer rayo del día, que es cuando nazco. Es un solo de guitarra. Adoro cómo todo lo que toca lo convierte en un papel de cera dorada. Un baño calentito que alumbra mi piel y la trae a la vida. Lo que no me gusta es que, cuando la miro de cerca, no logro ver otra cosa más que el polvo que vuela en el aire. El polvo de las células muertas y la suciedad. Ese que alguna vez fue de alguien y ahora respiramos y nos mata poco a poco. Me golpeo la pierna y veo a un montón de partículas salir disparadas y sumarse a la masa que flota cual plancton en el mar. ¿Acaso yo también soy polvo? Qué cruel es dios que nos hace ingerir nuestra propia muerte. Eso siempre me pone triste.

“Primero el corazón, luego el hígado. Al final, el cerebro.”

Ayer que él vino, me dijo que me amaba. Es una extraña palabra para alguien que está muriendo. Pero él qué va a saber de muerte, si nunca ha sufrido. Es más, dudo que siquiera haya tragado alguna vez polvo. No. Él no traga. Solo mastica y escupe. 

Contrario de lo que se dice, el duelo no vuelve a uno compasivo, sino todo lo opuesto: receloso e impaciente. No quieres que te molesten, ni mucho menos que te roben el poco tiempo que te queda. Nomás tienes ganas de estar echado todo el día, primero masturbándote y luego comiendo. A veces, ambos y hasta con la misma mano.

¿Dónde se supone que cabe el amor en eso? Y todavía lo dijo sonriendo el cabrón. Lo vi a través de la tela de la colcha. Su mirada era la de un loco. Loco de atar. La misma que habrá tenido Jesucristo en tierra. Se puso a hacer sus desmanes en mi cuarto. En ningún momento apartó su mirada de mí. Y todavía quiere que lo perdone.

De chicos, éramos casi indistinguibles. Nos gustaba ponernos lado a lado y luego girar como locos, a ver quién podía identificarnos. Era todo un reto. Además de que siempre vestíamos igual, sabíamos fingir muy bien las mañas y gestos del otro. Nunca nadie, más que nuestra madre, pudo identificarnos. "Es que él es un poco más luminoso" era la única explicación que nos daba. Jamás entendí a qué se refería.

“Primero, el corazón...”

Hoy, que estoy enfermo, mi cuerpo está a punto de derrumbarse. Es curioso cómo uno puede estar vigoroso, en la cima, y luego de repente y sin previo aviso, caer en un estado deplorable. Apenas al medio día estaba ejercitándome, podía sentir cada célula de mi cuerpo trabajar en conjunto. El sudor recorría mi piel y, por medio de esas gotas, se construía este monumental proyecto que soy yo. Ahora es una ruina que lucha por no derrumbarse, sostenida de quién sabe qué ladrillo milagroso. Hace frío y comienza a anochecer. Sé que hoy mi muerte está programada.

"Luego, el hígado..."

Mi hermano es un anticuado. En un mundo donde ya tenemos acero quirúrgico e inclusive láser, él sigue prefiriendo la obsidiana. Dice que ese material es muy gentil con la carne. Eso está bien. Yo, por mi parte, creo que aquella roca es mágica. Solo de algo ígneo y muerto, como la ceniza, puede florecer la vida. Aun así, no disfruto de sentir su frío. Adormece, pero cala.

"Al final..."

— Y, ¿Qué se siente, cabrón?

— ¿Qué cosa?

Hay días en los que me rindo. Me canso de perseguir a la vida. No voy a obligar a nadie a estar en donde no quiere. Y si ella no le interesa entrar a mi cuerpo, ¿Qué más puedo yo hacer? 

— Una vida así. Tan contraria a la mía.

Lo veo llegar en estos instantes. Tengo frío, como siempre. Le digo que lo odio. Él me sonríe de regreso. Lleva el cuchillo en su mano derecha. Y en la izquierda, algo que no reconozco. Me parece que es...

— Es eso. Un tumor. Un peso que cargo y que cada vez exige más. Nomás toma y toma y nunca está satisfecho. Puede que para ti aparente ser sólido como un búnker, pero estoy a nada de colapsar. A veces, ser tanto a la vez es insoportable. Cuánto riesgo de defraudarme y tirar todo lo que llevo...

Cuando siento el primer corte, el sonido es bastante brusco. La obsidiana está sedienta, pero primero tiene que atravesar mi pecho. Tarde o temprano, los huesos ceden y un agujero crece en su ausencia. Cuando la profundidad es suficiente, hace una rajada brusca y mi corazón, aún latente, queda expuesto. Las venas incautas siguen cumpliendo su función e irrigan líquido caliente hacia todos lados. Algo muy escandaloso. Él bebe y yo río. Me debilito. A lo lejos, un halo se extiende sobre una montaña.

Tras el segundo corte, todo es más discreto. Quizá porque ya no me queda nada que arrojar. Él tenía razón; este material me trata con gentileza. El cuchillo tiene la forma de una almendra que se desliza suavemente sobre mi cuerpo desprotegido. Ya no noto si permanece en mí o si salió hace tiempo. Mi hermano toma el hígado y lo presenta al cielo. El sol parece haber recibido la señal, pues el halo crece y se convierte en un fuego lejano que quema mis vísceras.

Cae el tercero y veo que, en la esquina de mi cuarto, la nube de la muerte hace su marcha rutinaria. El cerebro sale de su cuenca y rueda por todo mi tronco. Mi hermano le da un mordisco y se desvanece a mi lado. Él está satisfecho, yo estoy hecho una carcasa. De repente, ya nada duele como antes. Noto una extraña fuerza que rodea todo mi cuerpo. Mejor dicho: que irradia de él. Me siento bien. Fuerte, fresco y ligero. Sano. No lo entiendo, es como si muriendo, perdiendo todo lo que tengo pudiera recuperar...

...Todo lo que soy.

Allá en el horizonte matutino, donde la luz es un solo de guitarra, mi hermano y yo nos encontramos. Nos deslizamos en el interminable rayo dorado, donde la partícula también es onda, y nos volvemos dos fantasmas idénticos. Todo lo que existe pasa a través de nosotros. Puedo ver restos míos en mi hermano y sé que él ve los suyos en mí. Son como arena, motitas, partículas que se funden en el espacio. Son el polvo de los muertos que respiramos para sobrevivir. Yo soy muerte y él la vida, y luego turnamos. Le damos vuelta a nuestras pieles y no hay nada que pueda distinguirlas. ¿Será acaso mi momento de ser partícula?

Sí, es un asesino, y lo odio, pero lo perdono. Al final, es mi hermano, mi sangre, y eso me obliga a amarlo. Lo miro y, con suerte, entiendo que yo también hubiera actuado de esa forma. Al final, somos idénticos. Pues dejando su cachito de luz a un lado conformamos a la misma persona.

De repente, música brota de los cielos y por todas partes. Ha llegado el momento de ser ritmo, melodía celestial. Nada es claro y me duele la cabeza, pero me siento mejor que nunca. Estas figuras ya las conozco: se deforman a través de un papel encerado. Está calentito aquí dentro. Mi cuerpo flota en un líquido que no es mío. Y luego todo se tiñe de un insoportable blanco: ha llegado mi momento de nacer.


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