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February 1, 2023

Un nuevo comienzo

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Gabriela Tierra

El aire rasga las orillas de sus narinas. Copos de nieve se cuelan por el alféizar. Pero, a pesar de esto, las dos pieles extranjeras dejan escapar gotitas de sudor.

—¿Te gusta?

—Sí, mucho. Me encantan tus senos. Me gusta su color. Mira estas curvas.

La mira fijamente mientras dibuja, con las manos, el contorno de sus caderas.

La mujer se concentra en los labios de su amado y los besa paciente con harto disfrute. No pretende ir aprisa; sabe que cuando esté saciada, él se irá. A lo largo de estos siete meses, ha aprendido a dosificar su placer físico; el verdadero encuentro, para ella, es compartir tiempo con aquel individuo a quien juzga ser el amor de su vida. Bien dijo Berkeley que el sabor de la manzana está en el encuentro con el paladar, no en el fruto mismo.

—¿Lleno la tina?

—Está bien.

—Te invito, entonces, a que continuemos esta sesión de sexo en el jacuzzi.

Las voces hacen eco en el lugar vacío. Y la palabra sexo le sabe a medicamento para desparasitar. Él ha comenzado a agilizar las cosas para irse. Esta misma rutina se repite cada tres o cuatro meses, cuando se encuentran en el mismo hotel ubicado en la colonia Narvarte.

¿Por qué acepto vivir así? —se pregunta—. Porque le pedí al universo conocer a alguien inteligente, carismático. Es un artista, un maestro de la palabra. Además, la gente dice que «de lo bueno poco» ¿no?

Entonces, avienta debajo del edredón, que guarda el aroma de los dos, todas sus dudas. Quiere estar ahí y eso es lo único importante.

Deja de desperdiciar estos minutos sagrados para estar con él, se dice a sí misma.

Se sale de la cama y camina unos diez pasos. Da un salto dentro de la tina. Burbujas iridiscentes reflejan las imágenes de su cuerpo desnudo, para luego romperse al contacto con su piel. Al fondo de ese oasis de pasión se escucha el agua que borbotea. A su amante le gusta sentir el golpeteo del chorro de agua en su espalda, y en cada ocasión que solicitan un cuarto con jacuzzi, se recarga en una de esas salidas. La mujer se sienta delante de él enreda los brazos de su amor alrededor de su cintura.

—Te quiero.

—Mismo. ¿No te gustaría probar otras cosas?

—¿Cómo?

— Quizá, lubricantes con extractos de marihuana… ¿Un consolador?

—Pues, si eso es lo que quieres.

—¿Qué tal sentir varias manos tocándote?

—Nunca he probado algo así. Me da miedo contraer enfermedades sexuales. Responde con un tono que intenta suavizar, pero la tristeza se le escapa entre los dientes.

Se siente usada. Como una barbie cuyo destino inminente es ser arrojada dentro de un baúl. Al lado de otros juguetes que han perdido su magia frente a los ojos de su dueño.

Pero, de vez en vez, recibe cartas de su amado donde le cuenta que ha soñado con ambos y que posee un cuaderno especial donde apunta todas las aventuras oníricas a su lado. Y sus palabras celebran el fuego que arde entre ellos. Le escribe que, por las noches, ella se le dibuja en la cabeza como un pez con escamas hechas de brillantes tatuajes; o como un río repleto de palabras que él dejó escapar de entre sus dedos. Palabras que solo entre los dos pueden dar significado. Quizás, encontrarían un nombre para lo innombrable.

Agua es lo que soñó tomado de la mano de su amada desde que el destino los cruzó.

—Me voy a salir.

—No te vayas.

—Ya me dio calor. El agua está hirviendo.

—¿Vas a querer un masaje? Traje aceite esencial de lavanda.

El hombre sale de la tina. Ella lo observa desnudo. Su cuerpo ya deja ver los estragos de la sexta década; las piernas sin musculatura ni grasa subcutánea. Como un par de huesos forrados con jirones de piel flácida. Sus brazos se observan igual. En una nalga, tiene un tatuaje que parece dibujado por un niño en la edad escolar. Nunca ha querido preguntarle dónde lo obtuvo y qué significa. Él le inventaría cualquier historia, y si acaso le contara la verdad, seguro no querría escucharla. No. El pasado pasado está. Lo importante es lo que ambos están viviendo en este momento. Y entonces dice para sus adentros: «De hoy en adelante, señorita. No pienses con cuántas mujeres ha estado. Hoy, sus poemas están dedicados solo a ti».

Él regresa con una toalla y la espera a que salga de la tina. Luego, regresa a la cama.

—Tengo frío.

—Métete debajo de las cobijas.

—Las sábanas han de estar heladas.

—Yo te abrazo.

La mujer se acuesta y recarga su cabeza en el pecho casi lampiño del hombre. Lo besa. Lo desea. Le gusta cada cicatriz dibujada por la experiencia. Es un lienzo de carne y hueso. Uno muy maltratado.

En una ocasión, intentó leer su carta astrológica y, como no es experta en el tema, solo pudo notar una lluvia de Quirones entre un sin número de líneas rojas. No supo cómo interpretar los trazos, pero recordó lo que una amiga le había dicho: «Quirón es tu gran herida emocional. Y las líneas rojas indican áreas de conflicto en la personalidad». Eso lo convertía en un museo de llagas emocionales. Ese día, deseó haber nacido en los tiempos del duque de Bomarzo, y contar con los servicios de algún gran astrólogo del momento. Porque los de la actualidad no leen ni miran el cielo.

Desde aquella conversación, supo que ver a su amante con otra mujer no era una opción. Él nació para ella y ella para él. No hace demasiado tiempo cuando decidió armarse de valor y confesarle: «siento que te conozco de otra vida», a lo que él respondió: «de hace, al menos, dos siglos».

Se acerca y funde su piel con la otra que yace a su lado. Se tocan, se sacian. Quién sabe cuándo volverán a encontrarse. Entrecruzan sus dedos y se rinden ante la plenitud del momento. Ella aprieta las sábanas con fuerza; el tejido de la tela se resiste a ser rasgado. Él le habla despacio mientras disfruta del perfume hormonal de su querida.

La sonrisa de la mujer exhala mieles de narcisos.

Al abrir los ojos, ella se percata de que se encuentra en su propia cama vacía. Nadie la toca.

Un dolor que aparece en su garganta comienza a asfixiarla. Son dos lágrimas abriendo su camino hacia el exterior. Cierra sus párpados muy fuerte. Muy muy fuerte. ¡No! ¡No saldrán! Un sollozo escapa de su boca y, al tiempo, una lágrima nace; como un bebé coronando. El dolor se mitiga. Pero, en su mente está la imagen desnuda de aquel de quien aún permanece enamorada.

Insiste en tratar de sentir el calor de la piel de su amado debajo de sus muslos e imagina que él le susurra un «te extraño».

Nubes llueven sobre su rostro.

Y en este cuarto repleto de telarañas de olvido, sus caderas comienzan a moverse de nuevo.

Yo también te extraño, dice en voz alta. Estoy cansada de guardar para después mis sentimientos por ti. No me sueltes. Bebería tu sangre, de ser necesario, para que te disuelvas en mí. Observa el pecho desnudo de su amante brillando por las muchas lágrimas que derrama su nostalgia.

Él rodea su cintura con un brazo y con la otra mano empuja la pelvis de su querida contra él.

Ella se imagina que respira muy cerca del oído del amante y su aliento, al igual que su cuerpo, tiembla.

Él se ha dado cuenta de lo mucho que ella lo ama. Al fin es correspondida. Se aprieta contra él, apresándolo para nunca más dejarlo ir.

Pero el invierno rompe sus ensueños. El frío le cala hasta los huesos y devuelve su mente a su casa vacía. Ahora, el sonido del vibrador ocupa el lugar que, hace tan sólo un suspiro, perteneció a la voz del que le arrebata la cordura y el sueño. Y se desploma encima de las sábanas; desgarra su garganta mientras grita cuánto lo extraña, pero él no la escucha. Alguien más le está dando cariño en su lugar.

Permanece allí un rato hasta quedar dormida, medio desnuda.

Mientras tanto, en la calle se escuchan las voces de sus vecinos con la cuenta regresiva de fin de año.

—Diez, nueve…

Estruendos de colores la sacan de su sueño. Es un nuevo comienzo sin duda y sin él.

En medio de una noche dibujada con estrellas de bengala, el espíritu de su amante vibra al lado de su almohada.


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